NARRATIVA POLICIAL ARGENTINA
ORIGEN
DE LA FIGURA DEL
COMISARIO
El
escritor argentino J.L.Borges pensaba
que las culturas periféricas, como la argentina o la sudamericana, podían innovar
y manejar todos los temas europeos “ con una irreverencia que puede tener y ya
tiene, decía, consecuencias afortunadas. Esta idea la pone en práctica en “La
muerte y la brújula”, un relato en el que las clásicas convenciones del género
policial se transgreden. Allí, el detective Lonnrot, un razonador puro, se
equivoca en su investigación y ese error lo lleva a la muerte. En la búsqueda
del culpable de un triple asesinato lo acompaña el comisario Treviranus, un
hombre que rinde culto al sentido común y cuyo saber está basado en la
experiencia que le da el contacto con la realidad. Discute con Lonnrot el
procedimiento para dilucidar el misterio y piensa que “ no hay que buscarle
tres pies al gato”
Con
la incorporación de este comisario criollo, Borges inaugura para la tradición
literaria policial argentina la figura del personaje que tiene a su cargo el
develamiento del enigma, pero con características bien diferentes de las que
vimos cuando analizamos al detective de procedencia anglosajona.
Efectivamente,
era imposible pensar por estas latitudes en un detective aristocrático, que se
dedicara a la investigación del crimen por mero placer. Mucho más creíble
resulta por supuesto, ese comisario rudimentario, con una inteligencia
práctica, un hombre inculto pero profundo conocedor del alma humana.
Borges, entonces, incorpora, como decíamos, el equivalente criollo del
detective inglés, iniciando de esta manera una tradición a la que se plegarán
otros escritores interesados en el género.
El
momento de auge de la literatura policial argentina lo ubicamos
fundamentalmente en las décadas del 40 y 50.
Los comisarios en la literatura policial argentina comparten
una característica que los emparenta: el sentido común.
Para
despejar la incógnita de quién cometió el crimen, el clásico detective de la
novela inglesa recurría a su prodigiosa inteligencia y en alardes de vanidad
resolvía cada uno de los casos que se presentaban aplicando el método deductivo
con una lógica implacable. Su enorme capacidad analítica. , acompañada de una
refinada cultura, dejaban boquiabiertos a sus infaltables acompañantes y por
supuesto al lector.
Nuestros comisarios, en cambio, son hombres sencillos que para descubrir
al culpable apelan a la enorme experiencia que les ha dado el trajinar por
distintas comisarías a lo largo y ancho del país. Generalmente son provincianos
y comparten con el detective clásico su condición de célibes. Suelen ser
solteros o viudos, están solos, cobran un sueldo por su trabajo y no tienen
familia.
En
el interior del relato, estos hombres narran sus aventuras justicieras a un
interlocutor que puede ser un periodista o escritor, desde la serenidad que les
proporciona su condición de comisarios retirados de la institución policial a
la que han pertenecido cuando eran jóvenes. Esa institución policial tan
criticada en el relato clásico por su ineficacia, es aquí el marco que les
proporciona innumerables historias que pueblan la memoria de estos hombres
maduros, alejados ya del servicio activo.
Don
Frutos Gómez de Ayala Gauna y Laurenzi de Rodolfo Walsh son seguramente los
comisarios de nuestra narrativa que han alcanzado una mayor hondura psicológica
y humana. Su relación con la institución es equívoca o por lo menos azarosa. De
la lectura de los relatos nos enteramos que Laurenzi y don Frutos son comisarios casi por
casualidad, el destino los ha colocado allí sin que mediara la más mínima
elección.
Por ejemplo don Frutos , de estatura mediana,
robusto, de ojos pequeños y renegridos, es el símbolo de la picardía criolla:
un típico paisano correntino, más astuto
que inteligente, pero conocedor profundo de los hombres, es además, humilde y
generoso. Don Frutos sabe que cuando roba el rico es “cleptomanía”, y que
cuando lo hace el pobre es “delito”. Con su particular modo de ejercer la
justicia complementa las faltas y los fallos de la justicia institucional.
ESQUEMA NARRATIVO
En
muchos relatos de la producción argentina, la situación narrativa es similar a
la del cuento clásico de procedencia inglesa, pero en nuestro caso se produce
una variante importante: el ayudante, en su doble función de receptor del
relato que el detective le cuenta (en este caso, el comisario), y al mismo
tiempo narrador de lo que escucha, es reemplazado en nuestra producción local,
por un periodista o escritor, que no ha participado de los hechos por la simple
razón de que éstos ocurrieron en un pasado lejano a la situación narrativa de
diálogo, que los reúne en un bar de Buenos Aires mucho tiempo después.
Su
condición de hombre culto se contrapone
con el pragmatismo del comisario, quien no pierde ocasión para denostar y
menospreciar ese saber que no lo conduce generalmente a la “verdad” del caso
narrado, y tampoco a ninguna verdad.
De esta manera podríamos afirmar que un firme
antiintelectualismo, es decir cierto
desprecio por los intelectuales, enhebra, en general, los relatos policiales
argentinos clásicos ( con comisarios)
marcando un nítido contraste entre la cultura y la vida: una idea de que
los libros y la biblioteca no sirven y de que el saber elemental y práctico del
hombre simple es la verdad.
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