LA PESQUISA DE DON
FRUTOS
Por Velmiro Ayala
Gauna,
Don Frutos Gomez, el comisario de Capibara-Cué,
entró en su desmantelada oficina haciendo sonar las espuelas, saludó
cordialmente a sus subalternos y se acomodó en una vieja silla de paja, cerca
de la puerta, a esperar el mate que uno de los agentes empezó a cebarle con
pachorrienta solicitud.
Cuando tuvo el recipiente en sus manos succionó con
fruición por la bombilla y gustó del áspero sabor del brebaje con silenciosa
delectación.
Al recibir el segundo mate lo tendió cordial hacia
el oficial sumariante que leía con toda atención, junto a la única y
desvencijada mesa del recinto.
-¿Gusta un amargo?
-Gracias -respondió el otro.- Sólo lo tomo dulce.
-Aquí solo toman dulce las mujeres, -terció el cabo Leiva con completo olvido de la disciplina.
-Cuando quiera su opinión se la solicitaré -replicó fríamente el sumariante.
-Esta bien, mi oficial -dijo el cabo y continuó perezosamente apoyado contra el marco de la puerta.
-Gracias -respondió el otro.- Sólo lo tomo dulce.
-Aquí solo toman dulce las mujeres, -terció el cabo Leiva con completo olvido de la disciplina.
-Cuando quiera su opinión se la solicitaré -replicó fríamente el sumariante.
-Esta bien, mi oficial -dijo el cabo y continuó perezosamente apoyado contra el marco de la puerta.
Luis Arzásola, que hacía tres días había llegado de
la capital correntina a hacerse cargo de su puesto en ese abandonado
pueblecillo, se revolvió molesto en el asiento, conteniendo a duras penas los
deseos de “sacar carpiendo’ al insolente, pero don Frutos regía a sus
subordinados con paternal condescendencia, sin reparar en graduaciones, y no
quería saber de más reglamentos que su omnímoda voluntad.
Cuando él, ya en este breve tiempo, le hubo
expuesto en repetidas ocasiones sus quejas por lo que consideraba excesiva
confianza o indisciplina del personal, solo obtuvo como única respuesta:
-No te hagas mala sangre, m´hijo. No lo hacen con mala intención sino de brutos que son nomás; ya se irá acostumbrando con el tiempo.
-No te hagas mala sangre, m´hijo. No lo hacen con mala intención sino de brutos que son nomás; ya se irá acostumbrando con el tiempo.
Para olvidar el disgusto siguió leyendo su
apreciado libro de Psicología y efectuando apuntes en un cuaderno que tenía a
su lado, pero la mesa, que tenía una pata mas corta que las otras, se inclinaba
hacia ese costado y hacía peligrar la estabilidad del tintero que se iba
corriendo lentamente y amenazaba concluir en el suelo. Para evitar tal contingencia
tomó un diario, lo dobló repetidas veces y lo colocó, para nivelar el mueble,
debajo del sostén defectuoso. Luego siguió con la lectura interrumpida.
-¿Qué pa esta aprendiendo, che oficial?
–preguntó el agente mientras esperaba el mate de manos del comisario.
-Psicología
-¿Y eso para qué sirve?
-Para conocer a la gente. Es la ciencia del conocimiento del alma humana.
-Psicología
-¿Y eso para qué sirve?
-Para conocer a la gente. Es la ciencia del conocimiento del alma humana.
El milico recibió el mate vacío, meditó unos
segundos y concluyo sentenciosamente:
-Para mi ver, eso no se estudia en los libros. Para conocer a la gente hay...
Vaciló un momento y afirmó:
-...hay que estudiar a la gente.
-Para mi ver, eso no se estudia en los libros. Para conocer a la gente hay...
Vaciló un momento y afirmó:
-...hay que estudiar a la gente.
Después se acercó al brasero que ardía en un
rincón y empezó a llenar la calabaza cuidando que el agua no se derramara y que
formara una espuma consistente.
En eso estaban cuando Aniceto, el mozo de la
carnicería, entró espantado:
-¡Don Frutos! ¡Don Frutos!
-¿Qué te ocurre hombre? -contestó el aludido y empezó a levantarse.
-Al tuerto Méndez...
-¿Sí?
-Lo han achurao sin asco. Recién cuando le fui a llevar un matambre que había encargado ayer, dentré al rancho y ¡ánima bendita santa!, lo encontré tendido en el suelo, boca abajo y lleno de sangre.
-¿Seguro pa de que estaba muerto, chamigo?
-Seguro Don Frutos. Duro, frío y hasta medio jediendo con la calor que hace.
-Güeno, gracias, Aniceto, andate nomás.
-¡Hasta luego Don Frutos!
-¡Hasta luego Aniceto! -respondió el funcionario y volvió a sentarse cómodamente.
-¡Don Frutos! ¡Don Frutos!
-¿Qué te ocurre hombre? -contestó el aludido y empezó a levantarse.
-Al tuerto Méndez...
-¿Sí?
-Lo han achurao sin asco. Recién cuando le fui a llevar un matambre que había encargado ayer, dentré al rancho y ¡ánima bendita santa!, lo encontré tendido en el suelo, boca abajo y lleno de sangre.
-¿Seguro pa de que estaba muerto, chamigo?
-Seguro Don Frutos. Duro, frío y hasta medio jediendo con la calor que hace.
-Güeno, gracias, Aniceto, andate nomás.
-¡Hasta luego Don Frutos!
-¡Hasta luego Aniceto! -respondió el funcionario y volvió a sentarse cómodamente.
El oficial, que había dejado el libro, se
plantó frente a su superior.
-¿Qué pa le pasa m´hijo?
-¿No vamos al lugar del hecho, comisario?
-Si, enseguida.
-Pero ¡es que hay un muerto señor!
-¿Y que? -contestó el viejo ya con absoluta familiaridad- ¿Acaso tenés miedo de que se dispare? Dejame que tome cuatro o cinco matecitos más o de no se van a desteñir las tripas.
-¿Qué pa le pasa m´hijo?
-¿No vamos al lugar del hecho, comisario?
-Si, enseguida.
-Pero ¡es que hay un muerto señor!
-¿Y que? -contestó el viejo ya con absoluta familiaridad- ¿Acaso tenés miedo de que se dispare? Dejame que tome cuatro o cinco matecitos más o de no se van a desteñir las tripas.
Cuando después de una buena media hora
arribaron al rancho de las afueras donde había ocurrido el suceso, ya el
oficial había redactado “in mente’ el informe que elevaría a las autoridades
sobre la inoperancia del comisario, sus arbitrarios procedimientos y su
inhabilidad para el cargo. Creía que era llegada la ocasión propicia para su
particular lucimiento y para apabullar con sus mayores conocimientos los
métodos simples y arcaicos del funcionario campesino. Lo único que lamentaba
era haber olvidado en la ciudad una poderosa lupa que le hubiera servido de
maravilloso auxiliar para la búsqueda de huellas.
Apenas a unos pasos de la puerta estaba el
extinto de bruces contra el suelo.
-¡Andá! -ordeno el comisario al cabo Leiva.- Abrí bien la ventana pa que dentre la luz.
-¡Andá! -ordeno el comisario al cabo Leiva.- Abrí bien la ventana pa que dentre la luz.
Este lo hizo así y el resplandeciente sol
tropical entró a raudales en la reducida habitación.
Don Frutos se inclinó sobre el cadáver y
observó en la espalda las marcas sangrientas de tres puñaladas que teñían de
rojo la negra blusa del caído.
-Forastero -gruñó.
Luego buscó un palito y lo introdujo en las
heridas. Finalmente lo dejó en una de ellas y aseveró:
-Gringo.
-Gringo.
Se irguió buscando algo con la mirada y, al
no encontrarlo, dijo al cabo:
-Andá, sacale las riendas al rosillo que es mansito y traémelas.
-Andá, sacale las riendas al rosillo que es mansito y traémelas.
Cuando al cabo de un momento las tuvo en su
poder, midió con una la distancia de los pies del difunto hasta la herida y,
luego, haciendo colocar a Leiva a su frente marcó la misma sobre sus pacientes
espaldas. En seguida alzó un brazo y lo bajó. No quedó satisfecho al parecer y,
poniéndose en puntas de pie, repitió la operación.
-¡Ajá! -dijo-. Es más alto que yo, debe medir
un metro ochenta más o menos.
Inmediatamente inquirió a su subordinado:
-¿Estuvo el tuerto ayer en las carreras?
-Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba.
-¿Y le jue bien?
-¡Y de no! ¡Si era como no hay otro pa clavarla de vuelta y media! ¡Dios lo tenga en su santa gloria! Ganó una ponchada de pesos. Al capataz de la estancia, a ese que le dicen “Míster’, lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenia de ricuerdo; al Ñato Cáceres le gano ochenta pesos y el anillo de compromiso.
-Güeno, revisalo a ver si encontrás la plata.
-¿Estuvo el tuerto ayer en las carreras?
-Sí, pero él pasó la tarde jugando a la taba.
-¿Y le jue bien?
-¡Y de no! ¡Si era como no hay otro pa clavarla de vuelta y media! ¡Dios lo tenga en su santa gloria! Ganó una ponchada de pesos. Al capataz de la estancia, a ese que le dicen “Míster’, lo dejó sin nada y hasta le ganó tres esterlinas que tenia de ricuerdo; al Ñato Cáceres le gano ochenta pesos y el anillo de compromiso.
-Güeno, revisalo a ver si encontrás la plata.
El cabo obedeció. Dio vueltas el cadáver y le
metió la mano en los bolsillos, hurgó en el amplio cinturón y le tanteó las
ropas.
-Ni un veinte, comesario.
-A ver, vamos a buscar en la pieza, puede que la haiga escondido.
-Pero comisario -saltó el oficial-. Así van a borrar todas las huellas del culpable.
-Qué huellas, m´hijo?
-Las impresiones dactilares.
-Acá no usamos de eso m´hijo. Tuito lo hacemos a la que te criaste nomás.
-A ver, vamos a buscar en la pieza, puede que la haiga escondido.
-Pero comisario -saltó el oficial-. Así van a borrar todas las huellas del culpable.
-Qué huellas, m´hijo?
-Las impresiones dactilares.
-Acá no usamos de eso m´hijo. Tuito lo hacemos a la que te criaste nomás.
Y ayudado por el cabo y el agente, empezó a
buscar en cajones, debajo del colchón y en cuanto posible escondite imaginaron.
Arzásola, entretanto, seguía acumulando
elementos con criterio científico, pero se encontraba un poco desconcertado. En
la ciudad, sobre un piso encerado, un cabello puede ser un indicio valioso,
pero en el sucio piso de un rancho hay miles de cosas mezcladas con el polvo:
recortes de uñas, llaves de latas de sardinas, botones, semillas, huesecillos,
etc.
Desorientado y después de haber llenado sus
bolsillos con los objetos más heterogéneos que encontró a su paso, dirigió en
otro sentido sus investigaciones.
Junto a la puerta y cerca de la ventana
encontró una serie de pisadas y, entre ellas, la huella casi perfecta de un
pie.
-¡Comisario! -gritó-. Hay que buscar un poco de yeso.
-¿Pa qué m´hijo?
-Para sacarle el molde a esa pisada. El asesino estuvo parado aquí y dejó su marca.
-¿Y pa qué va a servir el molde?
-Porque gracias a una ciencia que se llama antropometría -respondió despectivamente y como dando una lección -de esa huella se puede deducir la talla de su dueño y otros datos.
-No te aflijás por eso. El criminal es gringo, más o menos una cuarta más alto que yo y dejuro que ha de estar entre la peonada é la estancia´e los ingleses.
-¡Pero! -se asombró el oficial.
-Ya te lo explicaré más tarde, m´hijo. Estoy seguro que el tipo estuvo en la cancha´e taba y vio cómo el tuerto se llenaba de plata, después se le adelantó y lo estuvo esperando en el rancho. Quedó un rato vichando el camino desde la ventana y después se puso detrás de la puerta. Cuando el pobre dentró le encajó una puñalada y en seguida dos más cuando lo vio caído.
-Asi es, don Frutos -asintió el cabo.- Se ve clarito por las pisadas.
-Al verlo muerto le revisó los bolsillos, le sacó tuitas las ganancias y se fue. Pero ya lo vamos a agarrar sin la Jometría esa que decías.
En seguida, dirigiéndose al agente que lo acompañaba, ordenó:
-Andate a lo del carnicero y decile que te dea un cuero de vaca y te emprieste el carro. Lo traés al Aniceto pa que te ayude, lo envuelven al finao y lo llevan a enterrar. El pobre no tiene a naides que lo llore. Cuando venga el Paí Marcelo pa la Navidá, le haremos decir una misa.
-Está bien, comisario.
Inmediatamente se volvió al oficial y al cabo y dijo:
-Ahora vamos pa la estancia; se me hace que el infiel que hizo esta fechuría debe estar allí.
-¡Comisario! -gritó-. Hay que buscar un poco de yeso.
-¿Pa qué m´hijo?
-Para sacarle el molde a esa pisada. El asesino estuvo parado aquí y dejó su marca.
-¿Y pa qué va a servir el molde?
-Porque gracias a una ciencia que se llama antropometría -respondió despectivamente y como dando una lección -de esa huella se puede deducir la talla de su dueño y otros datos.
-No te aflijás por eso. El criminal es gringo, más o menos una cuarta más alto que yo y dejuro que ha de estar entre la peonada é la estancia´e los ingleses.
-¡Pero! -se asombró el oficial.
-Ya te lo explicaré más tarde, m´hijo. Estoy seguro que el tipo estuvo en la cancha´e taba y vio cómo el tuerto se llenaba de plata, después se le adelantó y lo estuvo esperando en el rancho. Quedó un rato vichando el camino desde la ventana y después se puso detrás de la puerta. Cuando el pobre dentró le encajó una puñalada y en seguida dos más cuando lo vio caído.
-Asi es, don Frutos -asintió el cabo.- Se ve clarito por las pisadas.
-Al verlo muerto le revisó los bolsillos, le sacó tuitas las ganancias y se fue. Pero ya lo vamos a agarrar sin la Jometría esa que decías.
En seguida, dirigiéndose al agente que lo acompañaba, ordenó:
-Andate a lo del carnicero y decile que te dea un cuero de vaca y te emprieste el carro. Lo traés al Aniceto pa que te ayude, lo envuelven al finao y lo llevan a enterrar. El pobre no tiene a naides que lo llore. Cuando venga el Paí Marcelo pa la Navidá, le haremos decir una misa.
-Está bien, comisario.
Inmediatamente se volvió al oficial y al cabo y dijo:
-Ahora vamos pa la estancia; se me hace que el infiel que hizo esta fechuría debe estar allí.
La estancia de los ingleses se encontraba más
o menos a media legua del pueblo. Además del habitual personal de servicio y
peones había en ella una dos docenas de obreros trabajando en la ampliación de
una de las alas del edificio.
nteriorizado el administrador del propósito
que los llevaba hizo reunir, frente a una de las galerías, a todo el personal.
Hombres de todas clases y con los más diversos atavíos se encontraban allí.
Algunos con el torso desnudo brillante de sudor porque el sol ya empezaba a hacerse
sentir, otros en camiseta, blusas, camisas de colores chillones, un inglés con
breeches, un español con boina, un italiano con saco de pana, etc.
-Poné a un lado a los gringos y a los otros
dejalos ir -dijo don Frutos al oficial, después de pasar su mirada por el
conjunto y se sentó con el dueño de casa a saborear un vaso de whisky.
Arzásola, a su vez, transmitió la orden.
-Los extranjeros que avancen dos pasos al
frente.
Una decena de hombres se destacó de la masa. El oficial, entonces dirigiéndose a los otros exclamó:
-Ustedes pueden retirarse.
Una decena de hombres se destacó de la masa. El oficial, entonces dirigiéndose a los otros exclamó:
-Ustedes pueden retirarse.
Correntinos, formoseños, misioneros y de
algunas otras provincias del norte se alejaron murmurando entre dientes o
contentos de verse libres de la curiosidad policial.
De pronto el cabo Leiva se adelantó hacia un
mocetón de pelo hirsuto y tez cobriza que había quedado con los demás.
-Y vos, Gorgonio, ¿qué hacés aquí?
-El oficial dijo que quedásemos los extranjeros, pues...
-¡Qué pa vas a ser extranjero vos! Usté sos paraguayo como yo, chamigo. Extranjeros son los gringos, los de las Uropas. ¡Andá de acá y no quieras darte corte!
Y así lo fue sacando a empellones de la fila.
-Y vos, Gorgonio, ¿qué hacés aquí?
-El oficial dijo que quedásemos los extranjeros, pues...
-¡Qué pa vas a ser extranjero vos! Usté sos paraguayo como yo, chamigo. Extranjeros son los gringos, los de las Uropas. ¡Andá de acá y no quieras darte corte!
Y así lo fue sacando a empellones de la fila.
Don frutos entonces, se acercó a los
restantes y después de observarlos dijo:
-Los dos petisos de la esquina y ese otro de boina pueden irse nomás.
-Los dos petisos de la esquina y ese otro de boina pueden irse nomás.
Frente a él quedaron el inglés, un par de
italianos, dos españoles y un polaco.
-A ver -continuó-, muéstreme la cartera o la plata que tengan.
-A ver -continuó-, muéstreme la cartera o la plata que tengan.
En cinco manos callosas aparecieron carteras
grasientas o pesos arrugados.
El inglés sin inmutarse, advirtió:
-Mi no tener una moneda.
El inglés sin inmutarse, advirtió:
-Mi no tener una moneda.
Al oírlo, Arzásola se acercó a don Frutos y
le dijo suavemente:
-Está mintiendo, me parece. Debe ser él y seguro ha escondido lo robado. Lo habrá hecho para recobrar sus esterlinas.
-No -le respondió el superior-. Este no puede ser mirale a los pieses.
-Está mintiendo, me parece. Debe ser él y seguro ha escondido lo robado. Lo habrá hecho para recobrar sus esterlinas.
-No -le respondió el superior-. Este no puede ser mirale a los pieses.
El inglés permanecía firme y estático
mientras los otros, inquietos se asentaban ahora sobre un pie, ahora sobre el
otro.
-¿Ves m´hijo? El “Míster’ puede estarse mucho
tiempo sin moverse, mientras que el que estuvo allá dejó el suelo como pisadero
para hacer ladrillos
Se acercó a los hombres silenciosos y les
revisó el dinero sin decir palabra.
Se retiró unos pasos atrás y le dijo al
oficial:
-El polaco, el italiano pelo e´choclo y los dos gallegos no han estado en la tabeada.
-¿Cómo lo puede asegurar? Si ni siquiera los ha interrogado.
-¿No viste que la plata de éstos estaba limpita y lisa? La de los otros estaba arrugada y sucia de tierra. Cuando puedas observar una partidita vas a ver cómo los tabeadores estrujan los billetes, los hacen bollitos, los doblan y los sostienen entre los dedos, los tiran al suelo, los pisan, los arrugan, etc. Uno de esos dos debe ser.
-El polaco, el italiano pelo e´choclo y los dos gallegos no han estado en la tabeada.
-¿Cómo lo puede asegurar? Si ni siquiera los ha interrogado.
-¿No viste que la plata de éstos estaba limpita y lisa? La de los otros estaba arrugada y sucia de tierra. Cuando puedas observar una partidita vas a ver cómo los tabeadores estrujan los billetes, los hacen bollitos, los doblan y los sostienen entre los dedos, los tiran al suelo, los pisan, los arrugan, etc. Uno de esos dos debe ser.
Se acercó de nuevo a la fila y pasándose el
pañuelo por la cara dijo:
-Está apretando el calor, ¿no?
Miró al italiano de saco de pana y le aconsejó con tono paternal;
-Ponéte cómodo sacate el saco.
-Estoy bien gracias.
-Sacate el saco he dicho -ordenó entonces con rudeza, y luego con aire protector:- te va a embromar el calor si no lo hacés.
A regañadientes obedeció el otro.
Apenas lo hubo hecho cuando don Frutos indicó al cabo:
-¡Metelo preso! Ese es el criminal.
-Está apretando el calor, ¿no?
Miró al italiano de saco de pana y le aconsejó con tono paternal;
-Ponéte cómodo sacate el saco.
-Estoy bien gracias.
-Sacate el saco he dicho -ordenó entonces con rudeza, y luego con aire protector:- te va a embromar el calor si no lo hacés.
A regañadientes obedeció el otro.
Apenas lo hubo hecho cuando don Frutos indicó al cabo:
-¡Metelo preso! Ese es el criminal.
Dando un rugido de rabia, el indicado metió
la mano en la cintura y la sacó empuñando un pequeño y agudo cuchillo, pero el
cabo, con rapidez felina, se lanzó sobre él y lo encerró entre sus fuertes
brazos mientras el oficial, prendiéndosele de la mano, se la retorció hasta
hacer caer el arma. Enseguida, ayudado por los otros peones, lo maniataron y lo
arrojaron sobre un carro que le facilitó el administrador para llevarlo al
pueblo. Don Frutos recogió el saco del suelo, lo estrujó poco a poco como
buscando algo y, luego, con el mismo chuchillo le descosió el hombro y allí,
entre el relleno, encontró escondidas las monedas de oro y el anillo. Después
volvió a la mesa a terminar su whisky y agradecer al dueño de casa su
colaboración, terminado lo cual la comisión montó a caballo y emprendió el
regreso.
Una vez que el preso estuvo bien seguro en el
calabozo, el comisario y el oficial se acomodaron en la oficina.
Arzásola, impaciente, preguntó:
-Perdón, comisario, pero ¿cómo hizo para descubrir al asesino?
-Muy fácil m´hijo. Apenas le vi las heridas al muerto supe que el culpable era forastero.
-¿Por qué?
-Porque las heridas eran pequeñas y aquí nadie usa cuchillo que no tenga, por lo menos, unos treinta centímetros de hoja. Aquí el cuchillo es un instrumento de trabajo y sirve para carnear, para cortar yuyos, para abrir picadas en el monte y adonde se clava deja un aujero como para mirar del otro lado y no unos ojalitos como los que tenía el Tuerto. Después, cuando le metí el palito adentro, supe por la posición que el golpe había venido de arriba para abajo y me dije: Gringo.
-Cierto, lo oí pero, ¿cómo pudo saberlo?
-¡Pero m´hijo! Porque el criollo agarra el cuchillo de otra manera y ensarta de abajo para arriba como para levantarlo en el aire.
-¡Ah!
-Después medí la distancia de los pieses a la herida y marqué en la espalda del cabo, alcé el brazo y lo bajé, pero daba más abajo. Entonces me puse en puntas de pie y me dio mas o menos. Por eso supe que el asesino era como cuatro dedos más alto que yo y como mi medida, asegún la papeleta, es de uno setenta, le calculé uno y ochenta.
Arzásola, impaciente, preguntó:
-Perdón, comisario, pero ¿cómo hizo para descubrir al asesino?
-Muy fácil m´hijo. Apenas le vi las heridas al muerto supe que el culpable era forastero.
-¿Por qué?
-Porque las heridas eran pequeñas y aquí nadie usa cuchillo que no tenga, por lo menos, unos treinta centímetros de hoja. Aquí el cuchillo es un instrumento de trabajo y sirve para carnear, para cortar yuyos, para abrir picadas en el monte y adonde se clava deja un aujero como para mirar del otro lado y no unos ojalitos como los que tenía el Tuerto. Después, cuando le metí el palito adentro, supe por la posición que el golpe había venido de arriba para abajo y me dije: Gringo.
-Cierto, lo oí pero, ¿cómo pudo saberlo?
-¡Pero m´hijo! Porque el criollo agarra el cuchillo de otra manera y ensarta de abajo para arriba como para levantarlo en el aire.
-¡Ah!
-Después medí la distancia de los pieses a la herida y marqué en la espalda del cabo, alcé el brazo y lo bajé, pero daba más abajo. Entonces me puse en puntas de pie y me dio mas o menos. Por eso supe que el asesino era como cuatro dedos más alto que yo y como mi medida, asegún la papeleta, es de uno setenta, le calculé uno y ochenta.
-Sí, ¿pero cómo adivinó que había escondido
las monedas y el anillo en el saco?
-Porque con el calor que hacía no se lo sacaba de encima. Pensé que debía tener algo de valor para cuidarlo tanto y más me convencí cuando empezó a sacárselo y le vi la camisa pegada al cuerpo por el sudor. Servite m´hijo. Aquí vas a tener que tomarlo cimarrón.
-Porque con el calor que hacía no se lo sacaba de encima. Pensé que debía tener algo de valor para cuidarlo tanto y más me convencí cuando empezó a sacárselo y le vi la camisa pegada al cuerpo por el sudor. Servite m´hijo. Aquí vas a tener que tomarlo cimarrón.
Arzásola lo aceptó y dijo:
-Creo que voy a tener que aprender eso y otras cosas más.
-Creo que voy a tener que aprender eso y otras cosas más.
Lo vació de tres o cuatro enérgicos sorbos y
lo devolvió al milico; luego, como la mesa empezaba a tambalear nuevamente,
tomó el libro de psicología y lo puso por debajo de la pata renga.
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