miércoles, 11 de marzo de 2015

EL MURO

EL MURO

Durante tres semanas seguidas, echando el cuento a quien se le atravesara en el
camino, mi hermano refirió repetidamente un episodio visto en la televisión: “Una
mujer enferma y paralítica está en su cuarto. Hay muy poca luz. Maniobrando de un
lado a otro la silla de ruedas, te das cuenta de que la vieja está levantando un muro de
ladrillos en la mitad del cuarto. Con la ayuda de una cuchareta de albañil, va colocando
y pegando trabajosamente un ladrillo tras otro. La vieja sonríe: no sabes por qué pero
sonríe. De pronto oyes una voz, oyes una voz que dice “no me hagas esto, mamá, no me
hagas esto”. La cámara te descubre a un hombre que está del otro lado del cuarto. El
hombre llora y se amarra el cuerpo con las manos. Tú supones que es el hijo, tú lo
supones porque el hombre no cesa de decir “no me hagas esto, mamá, no me hagas
esto”. Pero la vieja, nada. Está abstraída, está fuera de sí. Sólo una sonrisa ciega la
sostiene. El muro va creciendo y el hombre ya no puede hacer nada. Queda un último
orificio, sí, queda el último orificio en el que la vieja va a calzar el ladrillo final. Y es
entonces cuando la vieja asoma un ojo desorbitado y dice “es mejor así, hijo mío, es
mejor así”. La vieja coloca la última piedra de su obra y el hombre cae de rodillas
tapiado para siempre. Pero hay una cosa que no entiendes: ¿por qué sigue habiendo luz
si el hombre ha quedado tapiado? La cámara va abriendo lentamente la toma y es
entonces cuando te das cuenta. . No es el hombre el que ha quedado tapiado: es la vieja
la que se ha encerrado a sí misma, es la vieja la que ríe del otro lado mientras el hijo
golpea el muro con los puños.”


Antonio López Ortega (Venezolano

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