La Nona
Acto Primero
La acción transcurre, fundamentalmente, en una casona anti¬gua, de barrio. A la vista del espectador aparece una espaciosa co¬cina, donde hay una mesa para ocho personas, sillas, un aparador y una enorme heladera. A la derecha, la pieza de Chicho: una camita, un ropero y otros datos del típico «bulín» porteño. A la iz¬quierda se insinúa la pieza de la Nona, una cueva por donde este personaje aparecerá y desaparecerá constantemente.
El espectador tiene que tener la sensación de que, fuera de esos ambientes, la casa posee otros cuartos, un fondo etc.
Oportunamente, la acción se trasladará a la trastienda del quiosco de don Francisco.
La obra se inicia un día de semana, aproximadamente a las ocho de la noche. Están en la cocina: Carmelo está sentado en la punta de la mesa del comedor, junto con María y Anyula a su izquierda, Chicho frente a él y a su lado Marta, la Nona a un costado de la mesa comiendo continuada y vorazmente. La familia responderá a cada uno de sus pedidos. Comen una “picada”.
NONA.—U pane.
MARÍA.—(A Carmelo.) Saca pan del aparador.
Carmelo saca una panera y la coloca sobre la mesa. La Nona, entretanto, echa en el plato de sopa todas las sobras de la «pica¬da».
NONA.—¿No hay escabeche?
María busca un frasco de escabeche y se lo tiende a la Nona, que lo vacía en el plato.
NONA.—Formayo.
Carmelo se levanta, saca un pedazo de queso de la heladera y se lo pone delante a la Nona. La Nona vuelve a reclamar vino. Car¬melo le sirve. María coloca frente a la Nona un plato de guiso cubierto hasta los bordes.
NONA.—Formayo.
CARMELO.—¡Y ahí tiene, Nona!
NONA.—(Enojada.) ¡Ma no! ¡Formayo de rayar!
Carmelo toma el queso fresco y se dispone a llevarlo nuevamen¬te a la heladera. La Nona se lo saca de la mano.
NONA.—Ma no, ya que está, decalo.
Se lo come. Anyula se dirige hacia el aparador.
ANYULA.—Creo que hay rallado.
Vuelve con una quesera y la coloca frente a la Nona, que echa en el plato. Al mismo tiempo observa la comida.
NONA.—¿Y el perejil?
María toma el ramo de perejil y lo corta con las manos.
NONA.—¡El perequil, María!
CARMELO.—¡Ya va, Nona!
María echa el perejil en el plato de la Nona. Esta le agrega pan cortado, queso y todo lo que encuentra a mano.Marta se levanta y se dirige a la puerta, María la ve y la detiene.
MARÍA.—¿Vas a salir?
MARTA.—Estoy de turno.
MARÍA.—¿Otra vez? Esta semana ya van tres veces. ¿No es una vez por semana?
MARÍA.—Sí... pero esta semana es así. ¿Me prestas tu reloj?
NONA.—Má guiso.
MARÍA.—No hay más.
Chicho le cede una cucharada de guiso a la Nona.
CHICHO.—Tome, Nonita.
CARMELO.—No le des más, que ya comió.
CHICHO.—Un poquito. ¿Cómo le vas a negar un poco de comi¬da a la Nonita? (Le acaricia la cabeza.) Nonita... la cabeza blanca como paredón iluminado por la luna. Y esas arrugas que son surcos que traza el arado del tiempo.
ANYULA.—(Embelesada.) ¡Qué cosas lindas decís!
CHICHO.—Nonita... ¿Se acuerda cuando me llevaba a pasear a la plaza?
La Nona, que ya terminó con la porción que le dio Chicho, mi¬ra fijamente el plato de su nieto. CHICHO.—Un niño que descubría un mundo agarrado a la pollera de una abuela.
Le agarra la mano en el preciso momento en que la Nona ha to¬mado un pedazo de pan e intenta mojar en la salsa del plato de Chicho.
CHICHO.—Nonita... el niño aquel se hizo hombre y la abuela es un rostro dulce que lo mira desde el marco de una pañoleta negra.
Durante esta última tirada se ha producido un forcejeo de la Nona por tratar de untar el pan en el plato de Chicho. Finalmen¬te, lo logra y come. Busca más pan, pero no hay.
NONA.—U pane.
CARMELO.—¿Qué pan, Nona? Ya comió.
NONA.—¿Galleta marinera no tené?
CARMELO.—¡Qué galleta marinera! ¡Vamos! Váyase a dormir.
NONA.—El postre.
CARMELO.—María, dale dos manzanas. Y que se vaya a la pieza. ¡Vamos!
María saca dos manzanas de la frutera y se las entrega a la No¬na, que se las coloca en el bolsillo.
CHICHO.—Dejala un rato más. Es casi el único momento que tengo para estar con ella.
MARÍA.—¡Claro...! ¡Cómo usted está tan ocupado...!
CARMELO.—Que se vaya a la cama (A Chicho.) Tenemos que hablar. Vamos, Nona.
La Nona se levanta pesadamente. Al pasar, roba una banana que hay sobre la mesa y se dirige a su pieza.
NONA.—A domani.
Todos saludan. Se hace un silencio.Car¬melo busca la manera de empezar el diálogo. María, que se ha puesto a lavar los platos, está evidentemente, expectante. Chicho comienza a ponerse a la defensiva. Carmelo saca una botella de grapa y se sirve.
CARMELO.—Oíme Chicho... Yo sé que vos sos muy sensible a estas cosas.
Chicho le aprieta la muñeca a Carmelo y hace un gesto de do¬lor.
CHICHO.—¿Le pasa algo a la Nonita? ¿Está en yantas?
CARMELO.—¿Cómo?
CHICHO.—¿Está chacabuca? (Carmelo lo mira.) ¿Enferma?
CARMELO.—¿Quién?
CHICHO.—La Nonita.
CARMELO.—Está mejor que nunca. ¿No la viste?
CHICHO.—Mi Nonita... Si le pasara algo, no podría soportarlo. (Señala con la mano hacia la puerta de la pieza de la Nona, co¬mo los escolares cuando dicen un verso.) La abuela, en cuyo re¬gazo alguna vez...
CARMELO.—¡Pará! ¡Pará! (Pausa.) Oíme, Chicho... Esta casa no puede seguir así.
Chicho lo mira con desconfianza.
CARMELO.—Este mes no llegamos.
CHICHO.—¿Adónde?
CARMELO-—¡Con la guita! No llegamos.
Chicho se toma la frente y se queda con la mirada baja.
CARMELO.—Oíme... ya sé que estas cosas te hacen mal, pero te¬nés que hacerle frente de una vez por todas. Vos sos un artista, lo sé...
MARÍA.—(Irónica.) ¡Jmmm!
CARMELO.—(la ignora)El problema es que este mes no llegamos.
CHICHO.—¿Adónde?
CARMELO-—¡Con la guita! No llegamos.
Chicho se toma la frente y se queda con la mirada baja.
CARMELO.—(Señala hacia la pieza de la Nona.) Me lo está morfando. El puesto de la feria no da para más, ¿entendés? Es como mantener a diez leones juntos. Yo no sé... O esto se soluciona, o... tiene que ha¬ber otro ingreso.
CHICHO.—(Detiene la mano en el momento que lleva la copita a la boca y pone cara de susto.) ¿Otro ingreso?
CARMELO.—Y claro.
Se hace una pausa prolongada. Chicho bebe un largo trago.
CHICHO.—¿Y vos podrás tener otro trabajo?
CARMELO.—¿Otro trabajo? ¿Pero vos estás loco?
MARÍA.—Carmelo se levanta a las cuatro de la mañana y vuelve a las ocho de la noche.
CARMELO.—Pará, María.
CHICHO. —¿Y la Martita?
CARMELO.—Marta trabaja. Algo aporta.
CHICHO.—Entonces, no sé... No se me ocurre nada.
Se hace una pausa. Carmelo y María se miran.
MARÍA.—¿El pescadero no te dijo que precisaba un ayudante?
Pausa tensa.
CARMELO.—Sí... Un ayudante.
CHICHO.—Ahora, digo yo... La Nona está muy viejita, ¿no?
CARMELO.—Sí. ¿Y?
CHICHO.—Y bue... ¿Cuánto más puede...? (Lloroso.) ¡Dios le dé larga vida! Uno... dos añitos... Pasan volando.
CARMELO.—Cuando cumplió ochenta y ocho, me dijiste lo mismo, y tuve que vender el taxi. CHICHO.—¡Y bueno! Pasaron doce años. Se la ve avejentada. Escúchame... ¿Por qué no la hacemos ver por un médico?
CARMELO.—(Con enojo) No Chicho, ya fuimos la semana pasada, y ¿Sabés que dijo el médico?, «Tienen abuela por muchos años.»
CHICHO.—¿Por cuántos?
CARMELO.—¡Qué sé yo, Chicho! Quiso decir que está muy bien.
CHICHO.—¡Pero vos debiste haberle preguntado!
CARMELO.—¿Preguntado qué?
CHICHO.—Por cuántos años. Para eso fuiste, ¿no?
CARMELO.—¿Pero no te digo que está perfecta?
CHICHO.—Bueno... pero vos sabés cómo son los médicos, Car¬melo. ¡Unos años...! (Lo mira y levanta dos dedos.) ¿Dos años...
CARMELO.—Oíme, Chicho. «Muchos años», dijo. ¿Entendés? ¡Muchos años! Así que mañana le hablo al pescadero.
CHICHO.—¡Pero, pará! Vamos por partes. ¿La revisaron bien?
CARMELO.—¡Y claro!
CHICHO.—¿A ver? ¿Qué le hicieron?
CARMELO.—De todo. Revisación completa, hasta un electro¬cardiograma.
CHICHO.—¿Y?
CARMELO.—Perfecto.
CHICHO.—¿Con esfuerzo también?
Carmelo lo mira.
CHICHO.—Eso que te hacen pedalear para ver si el corazón... (Hace un gesto como de reventar).
CARMELO.—No eso no.
CHICHO.—¿No ves? (Enojado.) ¡No es serio, Carmelo! Dejame de joder.
CARMELO.—Escuchame, Chicho... Vos querías que la viera un médico, ¿no? Bueno, la vio. Y más de uno. Y está bien, ¿oís? ¡Perfectamente bien! Y me voy a la feria.
Carmelo hace un ademán de ponerse de pie.
CHICHO.—(Ansioso) ¿Y régimen de comidas?
CARMELO.—Que coma lo que quiera. Que ella misma se va a poner sus propios límites.
CHICHO.—¿Qué límites?
CARMELO.—Eso digo yo. ¡Qué límites!
Carmelo se pasa la mano por la cara.
CHICHO.—Y del sarpullido, ¿Qué dijo?
CARMELO.—¿Qué sarpullido?
CHICHO.—¡Cómo! (Exagera.) Tiene todo el brazo tomado.
CARMELO.—Nada.
CHICHO.—¡Escuchame! Eso puede ser lepra.
CARMELO.—¡Pero, por favor, Chicho!
Carmelo se pone de pie.
CHICHO.—Yo creo que habría que hacer una consulta.
CARMELO.—¿Pero para qué?
CHICHO.—Parece que hay una clínica muy buena por Constitu¬ción. Yo te voy a averiguar.
CARMELO.—¡Basta, Chicho! Quedamos en que la viera un mé¬dico, ¿no? bueno... la vio, y más de uno.
CHICHO.—¿Le miraron la dentadura?
CARMELO.—Perfecta. Dijo que tiene los dientes como un muchacho de veinte años.
CHICHO.—¡Dios mío!
CHICHO.—Escuchame, Carmelo... en el café hay un pibe que estudia para dentista. Anda en la mala. Por cincuenta lucas le saca todos los dientes.
Carmelo se pone de pie.
CARMELO.—¿Qué turno preferís? ¿El de la mañana o el de la tarde?
CHICHO.—(Alarmado) ¡Pará... pará!
Mira a todos lados, y dice habla en susurros.
CHICHO.—Escuchame... escúchame bien, ¿eh? (Se acerca como para una confidencia.) ¿Y si la hacemos... yirar?
CARMELO.—¿Hacerla qué?
CHICHO.—(Carraspea y hace un gesto cómplice.) Yirar... Hacer la calle.
Carmelo lo mira.
CHICHO.—A la Nonita...
Carmelo agarra a Chicho por el cuello.
CARMELO.—¿Qué decís?
CHICHO.—¡Pará... soltá!
CARMELO.—Nuestra familia fue siempre decente. Pobre, pero decente.
CHICHO.—¡Pará! (Logra soltarse.) No te pongas moralista, Carmelo. Hoy en día nadie vería mal una cosa así.
CARMELO.—¿Pero cómo vamos a hacer yirar a la Nona?
CHICHO.—Escuchame... Puede andar un vagón.
CARMELO.—¿Pero quién va a querer...? (Señala hacia la pieza de la Nona.)
CHICHO.—¿Quién va a querer? Está lleno de degenerados, Car¬melo. Los tiempos cambiaron. En Suecia andan con los perros ¿Sabías?
Carmelo hace un gesto de sorpresa.
CARMELO.—¿Cómo los perros?
CHICHO.—¡Cómo lo oís! ¡Con los perros! Y bueno... Entre un perro y... (Señala hacia la pieza de la Nona.) ¿Por qué no? Y ella se puede divertir.
CARMELO.—¡Pero no, Chicho! ¡Estamos todos locos! ¿Cómo nosotros... de qué manera...?
CHICHO.—¿De qué manera? Como se hacen estas cosas. La pa¬rás en el cruce a las tres de la mañana... Escuchame: los que vienen en banda y medio mamados agarran cualquier cosa.
CARMELO.—(Luego de analizar la posibilidad.) ¡Pero no, Chicho, terminala! Hoy mismo le hablo al pescadero.
CHICHO.—(Triunfal.)Ya sé, ¡La casamos! ¡Cómo no se nos ocurrió antes!
CARMELO.—¿Pero vos estás mamado?
CHICHO.—¿Por qué? Ya tengo el candidato y todo.
Chicho sale de la casa. Carmelo, se impacienta. Chicho regresa luego de un rato largo, con Don Francis¬co detrás suyo. Éste confundido, sigue a Chicho sin saber qué sucede.
CHICHO.—Siéntese Francis¬co.
Francisco se sienta frente a Chicho.
MARÍA.—¿Se quiere casar con la Nona?
FRANCISCO.—¿Con la vieja? (Mira a Chicho)¡Ma vos estás loco! Yo quiero a la chica.
CHICHO.—Escúcheme... la Nona está muy enferma.
FRANCISCO.—Es el veneno que tragó.
CHICHO —Los médicos han dicho: «Un mes, cuanto mucho». Ha sufrido, don Francisco. Ha hecho sufrir, pero ha sufrido, como el ave Fénix. ¡Démosle un poco de felicidad en sus últi¬mos días!
FRANCISCO.—¡Ma vos estás loco! Es como ir un mes a la cár¬cel. ¿Por qué lo voy a hacer? ¿Qué gano con eso?
CHICHO.—¿Qué gana? (Hace tiempo mientras piensa) ¿Qué ga¬na...? Está bien, se lo voy a decir. Francisco lo mira expectante.
CHICHO.—La herencia.
FRANCISCO.—(Se le ilumina el rostro.) ¿Herencia?
CHICHO.—(Asiente en silencio.) media Catanzaro es de ella.
Carmelo y María se miran, confundidos.
FRANCISCO.—¿Media Catanzaro?
CHICHO.—Bueno... Catanzaro es chica, ¿vio? Pero es una for¬tuna.
FRANCISCO.—(Algo desconfiado.) Nunca se dijo.
CHICHO.—Ella lo ocultó siempre.
FRANCISCO.—¿Por qué?
CHICHO.—Bueno... como la plata no se podía traer...
FRANCISCO.—¿Y por qué?
CHICHO.—Hay una ley. Ella tenía que ir a cobrarla allá.
FRANCISCO.—¿Y por qué no fue?
CHICHO.—¿Por qué? (Pausa.) La guerra.
FRANCISCO.—¿Qué guerra?
CHICHO.—¿Cómo qué guerra? ¿Le parece que no hubo guerra?
FRANCISCO.—Hace treinta años que se acabó la guerra.
CHICHO.—Bueno... Pero nunca hay paz entre los hombres, don Francisco.
Francisco hace un gesto para hablar.
CHICHO.—Pero no se preocupe. En cuanto ella se muera...
FRANCISCO.—Cobran la plata.
CHICHO.—Al día siguiente. Está todo arreglado. La cosa se ha¬ce de ejército a ejército. Garantía absoluta. Piénselo, don Fran¬cisco; es un mes, y después... lo que usted quiera. A Martita la va a tener que echar de la pieza.
Don Francis¬co se queda callado un momento, meditando. Chicho lo mira expectante.
FRANCISCO.—Bueno... Entonces ya está decidido.
CHICHO.—Eso sí, va a tener que ser cuanto antes.
FRANCISCO.—Cuando ustedes digan.
CHICHO.—Entre paréntesis... Va a hacer falta algo de plata. Hay unos gastos administrativos. FRANCISCO.—Después del casamiento.
CHICHO.—(Resignado.) Bué...
FRANCISCO.—¿Un mes me dijo?
Chicho lo mira sin entender.
FRANCISCO.—La Nona...
CHICHO.—¡Ah, sí! Y por ahí es cuestión de días.
FRANCISCO.—Entonces conviene hacerlo rápido. Si está tan mal...
CHICHO.—(Lastimero.) Si ya casi no come, don Francisco.
Francis¬co vacila, se levanta y se retira. Chicho tiene una sonrisa triunfante en su rostro. Espera a que éste sale de la casa para hablar nuevamente.
CHICHO.—(Tímidamente.) Yo creo que es la solución ideal.
CARMELO.—No sé... Don Francisco es una buena persona; tiene plata. Bah, eso se dice. (Bebe un trago.) Está bien. Habla con él. Pero es tu última oportunidad. Si fallás, a la feria. ¡Y doble turno!
CHICHO.—Otra ventaja que vamos a tener son los fasos gra¬tis.
CARMELO.—Eso no me interesa. A mí, con tal de que le de dé morfar a la Nona me basta.
CHICHO.—Bueno, pero tampoco se las va a llevar todas de arri¬ba.
CARMELO.—¡Oíme, Chicho!, no me vengas con tus teorías ra¬ras. La cosa es casar a la Nona, nada más. Con el Francisco.
CHICHO.—Y sí... con el Francisco.
MARÍA.—Pobre Anyula.
CHICHO.—¿Qué pasa con Anyula?
MARÍA.—Anyula lo quiso siempre al Francisco. Y en una época parecía que él... Bueno...
CARMELO.—Esa es otra historia.
MARÍA.—Digo, nomás. Parece ser que la Nona se opuso.
CARMELO.—Bueno, hay que ver...
MARÍA.—¡Eso es cierto! Anyula me lo contó una vez. Aparte, la Nona hizo siempre lo posible para que Anyula no se case. Des¬de chica le corrió los candidatos.
CARMELO.—Esa historia a nosotros no nos interesa. Es cues¬tión del Francisco; él elige, y elige a la Nona. Esto queda entre nosotros, ¿estamos? Hay que engancharlo al Francisco.
CHICHO.—Vos dejalo por mi cuenta.
CARMELO.—Pero oíme... ¡Eso sí! Yo quiero la cosa legal, ¿eh?
CHICHO.—(Ofendido.) No tenés que decírmelo, Carmelo. Se trata de la Nonita.
CARMELO.—Con libreta y con todo. Y vamos a hacer una gran fiesta.
CHICHO.—(Lagrimeando.) Se nos casa la Nona. Se nos casa la Nonita. Hay que brindar por esta nueva etapa de nuestra vida.
Agarra tres vasos y los llena de grapa. La Nona entra a la cocina sin que nadie advierta su presencia. Cuando se disponen a brindar, la Nona le saca el vaso a Chicho y confundida brinda con ellos. Todos la miran.
NONA.—¡Feliche año nuovo!
Apagón.
Acto Segundo
Se enciende la luz nuevamente en la cocina, en horas de la tar¬de. La Nona descubre un sobre de papas fritas. Ingresa María desde la calle con un gran paquete envuelto en papel madera. La No¬na oculta el paquete de papas fritas en el bolsillo.
María ingresa a su pieza. La Nona saca subrepticiamente una papa frita y mastica. Un momento después vuelve María; ha deja¬do el paquete y se ha sacado el tapado.
Toma un delantal y se lo coloca. Advierte los movimientos disi¬mulados de la Nona.
MARÍA.—¿Qué tiene ahí? (Le mete la mano en el bolsillo.) ¿A ver?
NONA.—Niente, niente.
María le saca el paquete de papas fritas.
MARÍA.—¿Cómo nada? ¿Y esto?
NONA.—No sé... Alguno lo puso ahí.
MARÍA.—¿Cómo alguno lo puso ahí? ¡Qué cosa! Váyase a su pieza, vamos.
La Nona se levanta pesadamente y se dirige hacia su pieza mur¬murando. Desde la calle llega Carmelo.
MARÍA.—¿Cómo te fue?
CARMELO.—(Se encoge de hombros. Saca grapa y se sirve.) ¿Cómo me va a ir?
MARÍA.— ¿Pero te dieron la plata?
CARMELO.—Al cincuenta por ciento de interés.
MARÍA.—Menos mal que es un amigo.
CARMELO.—Según él, se tiene que cubrir. Yo no tengo más el puesto. No tengo garantía. ¿Entendés? Soy un don nadie. Eso es lo que soy. ¡Un don nadie!
Se dirige al armario, saca el cuaderno y se sienta a hacer cuentas y a beber. María lo mira un instante mientras Carmelo bebe un largo trago.
MARÍA.—Estás tomando mucho, Carmelo.
CARMELO.—¿Y vos? ¿Cuánto vendiste?
MARÍA.—Tres pulóveres.
CARMELO.—Que, de comisión, son...
MARÍA.—Noventa mil.
Carmelo anota. Desde la calle llega Anyula, con evidentes sig¬nos de cansancio. Se sienta en una silla.
ANYULA.—Ay, Dios... Dios...
CARMELO.—¿Cómo le fue, tía?
Anyula abre el monedero, saca unos billetes y se los tiende a Carmelo. Carmelo cuenta.
CARMELO.—Ciento cincuenta mil... ¿Cuánto le pagaron la hora?
ANYULA.—Quince mil.
CARMELO.—Es muy poco, tía. Tiene que cobrar veinte mil, por lo menos.
ANYULA.—Y, no sé... Me dijeron quince mil y...
MARÍA.—Se aprovechan porque es una vieja.¡Son unos degene¬rados!
ANYULA.—Encima tuve que lavar dos escaleras... ¡Ay, Dios santo!
MARÍA.—Venga, Anyula. Vaya a descansar.
Anyula sale caminando lentamente y quejándose. Ingresa Chicho con Don Francisco. Carmelo los mira.
CARMELO.—¿Cuánto vendiste?
CHICHO. —Poco.
CARMELO.—(Agresivo.) ¿Cuánto?
CHICHO.—Y bueno... a ver... (Carraspea.) Unos tres, más o menos.
CARMELO.—Tres termos, no está mal.
CHICHO.—¡Tres cafés!
CARMELO.—¿Tres cafés, nada más?
CHICHO.—¿Y qué querés? (Como si fuera una hazaña.) En una hora. Me quedan cinco todavía.
Carmelo se agarra la cabeza con las manos. Vuelve a servirse grapa. Se hace una pausa.
CARMELO.—No llegamos... no llegamos...
CHICHO.—¿Contaste lo del Francisco?
CARMELO.—Ah, no.
FRANCISCO.—(Con tono de cansancio) Catanzaro... Catanzaro,..
Dejan a Francisco en un costado. Chicho le saca la gorra de la mano y la vacía sobre la mesa. Caen monedas, algún billete y otros elementos.
CARMELO.—Y no... ¡Moneditas!
CHICHO.—Pará. Aquí hay un billete de mil... Dos de quinien¬tos...
Chicho comienza a contar las monedas.
CARMELO.—No va, Chicho... No va.
CHICHO.—¿A qué hora lo sacaron?
CARMELO.—Y... según me dijo María, a las diez de la mañana.
CHICHO.—¡Y bueno! ¿Por qué no lo sacaron a las seis? Se per¬dieron el cambio de turno de la fábrica.
CARMELO.—No, Chicho, no... ¡Esas ideas tuyas!
CHICHO.—Pero, pará... Aquí hay por lo menos diez lucas. (To¬ma algo.) Una chapita de cerveza. ¡Mirá que hay que ser hijo de puta! Lo que pasa es que éste es un barrio de mierda.
CARMELO.—No va, Chicho, no va.
CHICHO.—Probemos esta noche...
CARMELO.—En ese café de atorrantes...
CHICHO.—Son buenos muchachos. Algunos mangos le van a ti¬rar. Además, a las doce y media está la salida del cine... Se lle¬na. Ya esa hora lo pasamos al salón familiar. En serio, Carme¬lo, puede andar. Pensalo.
Carmelo se queda un instante pensativo, mirando a Francisco. Finalmente, se pone de pie.
CARMELO.—Vamos a probar.
Chicho también se levanta. Ambos toman el sillón. Chicho le pone la gorra en la mano a Francisco.
FRANCISCO.—¿Catanzaro, Catanzaro?
Se encaminan hacia la salida.
CARMELO.—¿Y para traerlo de vuelta?
CHICHO.—No hay problema. El café está abierto toda la noche.
FRANCISCO.—(Al advertir que lo llevan hacia la calle, se queja) ¡Catanzaro, Catanzaro... Catanzaro! (Sale agitando las pier¬nas.)
Apagón.
Desde la calle llega Chicho. Carmelo lo mira y le hace un cabeceo de interrogación.
CHICHO.—Nada. (Se sienta). No aparece por ningún lado.
CARMELO.—¿Fuiste a la estación?
CHICHO.—Escuchame: me recorrí los dos andenes, fui a la igle¬sia, el mercado... Pregunté. ¡Nada! CARMELO.—¡Qué raro! Don Francisco ya era conocido.
CHICHO.—Me dijeron que habían visto a un viejo en la avenida... Me fui. Pero no, era otro. Me fui hasta el baldío...
Carmelo lo mira.
CHICHO.—¿Te acordás que el otro día el hijo de puta de la hela¬dería me lo tiró al baldío?
Carmelo asiente.
CHICHO.— ¡Tampoco!
CARMELO.—¿Se habrá muerto?
CHICHO.—(Hace un gesto y chasquea la lengua.) Alguien se lo llevó. ¡Si el viejo es negocio! Carmelo lo mira como diciendo: «¡ Vamos!».
CHICHO.—¿Para una persona sola...? ¿Un matrimonio...? ¡Es¬cuchame! Lo que pasa es que nosotros somos un familión.
CARMELO.—No sé... Pero la parte de don Francisco la vas a poner vos.
CHICHO.—¡Pará, que por ahí aparece! (Breve pausa.) ¡Qué hijo de puta! Por lo menos, podríamos haber sacado unos mangos por la transferencia.
Se hace una pausa. Chicho saca un frasco de su abrigo. Se lo muestra a Carmelo. Las caras de ambos se iluminan. Carmelo bebe gra¬pa y, finalmente, se decide. Sirve agua y vuelca parte del conteni¬do del frasquito en el vaso.
CARMELO.—¿Seguro que no es doloroso?
CHICHO.—Seguro. Y rápido. Con eso basta.
Carmelo deja el vaso sobre la mesa. Los tres se quedan inmóvi¬les mirando el vaso. Carmelo vuelve a beber grapa.
CARMELO.—(A Chicho.) Dale. Llamala.
CHICHO.—¡Nona!
No hay respuesta.
CHICHO.—(Más fuerte.) ¡¡Nonaaa!!
CARMELO.—Decile que hay algo para picar.
CHICHO.—¡Nona! ¡La picadita!
La Nona sale como un rayo de su pieza y va a sentarse a la me¬sa. Todos tratan de eludir su mirada.
NONA.—La picadita... La picadita... ¿Qué me traquiste?
La Nona se abalanza sobre el paquete.
CHICHO.—Pare, Nona. (Le tiende el vaso.) Tómese esto antes.
NONA.—¿Cosa e?
Los tres se miran. María no soporta más la situación y sale ha¬cia su pieza.
CHICHO.—Un aperitivo.
NONA.—¿Vermú?
CHICHO.—(Mira a Carmelo.) No... pero es rico lo mismo. Pruebe.
La Nona bebe un trago y lo saborea.
NONA.—E buono. (Otro trago.) Amarguito... Como el Chinar. Dame más.
Chicho toma el vaso y lo llena de agua. Le echa el resto del con¬tenido del frasquito, mientras la Nona comienza a comer. Carme¬lo le saca de la mano el vaso a Chicho.
CARMELO.—¡Basta, Chicho! ¡Nona, váyase a su pieza, vamos!
NONA.—Ma... La picadita.
CARMELO.—¡A su pieza! ¡Vamos! ¡Y acuéstese!
NONA.—Non habíamo manyato ancora.
CARMELO.—(Violento.) ¡A su pieza, le dije!
La Nona se pone de pie y se encamina hacia su pieza rezongan¬do. Carmelo se toma la cara y sale hacia su habitación. Chicho se queda un instante pensativo. Luego se dirige a su pieza y se acuesta. La escena queda vacía un momento. Luego se ve aparecer a Anyula desde el fondo de la casa. Su cansancio es evidente. Suspira y cae sentada en una de las sillas. Mira a su alrededor. Se va recomponiendo. Toma el vaso que dejó la Nona y bebe su contenido de un trago. Muere en forma instantánea. Apagón.
Las luces se encienden sobre la cocina vacía. Falta la heladera. Un instante después llega María desde la calle con evidente can¬sancio y un paquete bajo el brazo.
MARÍA.—¡Marta! ¡Marta!
Ingresa a la pieza para dejar el paquete y sigue llamando a Mar¬ta. Esta aparece, finalmente. Lleva puesto un batón descolorido, sobre el cuerpo desnudo, y unas chancletas. Está muy maquillada
y camina desganadamente.
MARTA.—¿Qué pasa, mamá? Estoy atendiendo un cliente. (Se deja caer en una silla.)
MARÍA.—Perdoname, nena. No sabía que estabas trabajando.
MARTA.—Hoy tengo mucha gente. (Hace un gesto de malestar.)
MARÍA.—¿Tomaste el remedio?
Marta se encoge de hombros.
MARÍA.—Tenés que tomarlo, nena. (Saca un frasquito del apa¬rador y sirve un vaso de agua.) El tío del panadero me preguntó si podía venir.
MARTA.—Hoy no va a poder ser. Tengo todas las horas ocupa¬das.
MARÍA.—(Le tiende la pastilla y el vaso de agua.) Le dije que sí. Hacele un lugarcito.
MARTA.—¡Mamá... estoy muerta! Hoy empecé a las ocho de la mañana.
MARÍA.—(Le acaricia la cabeza.) Es un buen cliente. Dice que en el barrio no hay otra manicura como vos.
MARTA.—(Se pone de pie y sale pesadamente.) No voy a termi¬nar ni a la una de la mañana.
MARÍA.—Y bueno... nena. Pero por lo menos no tenés que salir de noche.
Marta ya salió. María se pone el delantal y comienza a trabajar. Desde la calle llega Carmelo, quien camina lentamente y cuya desespera¬ción es evidente. Se dirige a la habitación de Chicho.
CARMELO.—Chicho... ¡Vamos, che!
CHICHO.—(Entre sueños.) Está bien. Voy después.
CARMELO.—¿Qué después? ¡Vamos!
CHICHO.—Está bien... está bien...
Carmelo vuelve a la cocina. Chicho se levanta pesadamente y comienza a vestirse. Carmelo va al fondo y vuelve con un canasto de flores. María llega desde el interior con una pava y un mate. Carmelo saca la botella de grapa y bebe un largo trago.
MARÍA.—Carmelo... ¿Ya empezás?
Carmelo se encoge de hombros.
CHICHO.—(Apareciendo semidormido.) ¿Qué hora es?
CARMELO.—Cinco y cuarto.
CHICHO.—¡Cinco y cuarto! Che, Carmelo, el cementerio abre a las ocho.
CARMELO.—Hay que estar temprano para agarrar buen lugar. Y antes tenemos que pasar por lo de don Simón.
CHICHO.—Pará que tome un mate.
Chicho toma un mate mientras Carmelo comienza a sacar las sillas hacia la salida.
CHICHO.—¿No hay nada para comer?
María niega con la cabeza.
CHICHO.—Aunque sea un cacho de pan, para la languidez.
CARMELO.—En cuanto vendamos unas flores te tomas un café con leche. Vamos, llevá esa silla, María.
María sale llevando una silla.
MARÍA.—No te olvides de ponerle unas flores a la tumba de Anyula.
CARMELO.—(A Chicho.) Vamos, che, largá el mate que tene¬mos que pasar por lo de don Simón. CHICHO.—¿Y va a estar a esta hora?
CARMELO.—Le dije que íbamos a pasar temprano.
Carmelo toma una punta de la mesa.
CARMELO.—Ayudame, vamos.
CHICHO.—¡Qué!, ¿la mesa también vas a vender?
CARMELO.—La mesa también.
Chicho y Carmelo salen llevando la mesa. En el escenario, se¬mivacío, queda el canasto de flores. Un instante después aparece la Nona.
NONA.—¡Bonyiorno! (Mira a uno y otro lado.) ¡María! (Pausa.) ¡Carmelo!
Advierte que no hay nadie y comienza a revisar para ver si hay comida. Primero lo hace normalmente, pero luego se va desespe¬rando. Revuelve todo, con creciente violencia, hasta que descubre las flores. Las mira. Arranca un pétalo, lo prueba, hace un gesto de agrado y luego busca una ensaladera, sal, aceite y vinagre. Se sienta en un banquito que quedó y comienza a prepararse una ensalada con las flores.
Cuando ha comenzado a comer, regresa Carmelo. Al verla, se detiene espantado.
CARMELO.—¡No... Nona! ¡Las flores no... las flores no...!
Toma el canasto como para protegerlo. Luego lo alza e inicia el gesto para golpear a la Nona. Jadea, trastabilla y cae muerto. La Nona, sin inmutarse, sigue comiendo las flores.
Las luces se encienden lentamente. La cocina está despoblada, salvo dos cajones vacíos de fruta que se usan como sillas. En la pieza de Chicho sólo queda la cama. Sobre ella está tirado Chicho, mirando fijo el techo. Un instante después aparece María desde los dormitorios. Lleva una valija en la mano.
MARÍA.—Chicho...
Recorre con la mirada el ambiente destruido. Aparece Chicho.
MARÍA.—Me voy.
CHICHO.—¿Se va, nomás? Y Bué...Dicen que Mendoza es muy linda.
MARÍA.—Por lo menos, voy a estar con mis hermanas. (Breve pausa.) La semana que viene puede cobrar el seguro de Carme¬lo. Con esa plata puede pagar parte de la hipoteca.
CHICHO.—Pero esa plata es para usted.
MARÍA.—No la voy a precisar. Mis hermanas están bien. (Se echa a llorar.) ¡Dios Santo!
Chicho se acerca y la abraza. Ella se estrecha a él y llora convul¬sivamente.
CHICHO.—Cálmese, María. Cálmese.
MARÍA.—Bueno... me voy.
Sale caminando pesadamente hacia la calle. Se detiene.
MARÍA.—Chau.
CHICHO.—Chau.
Chicho la mira salir. Luego se recompone algo y va a sentarse en uno de los cajones. Un momento después aparece la Nona.
NONA.—Bonyiorno...
Mira a uno y otro lado, hasta que va a sentarse junto a Chicho. Se hace una pausa prolongada.
NONA.—¿E Carmelo?
CHICHO.—Murió, Nona.
NONA.—¿E Anyula?
CHICHO.—Murió.
NONA.—¿E María?
CHICHO.—Se fue.
Se hace una pausa prolongada.
NONA.—¿E la chica?
CHICHO.—¿Qué chica?
NONA.—Cuesta chica... que iba e venía... (Hace un gesto con la mano de ir y venir.) Buuuu... Buu...
CHICHO.—¿Marta? 1
NONA.—¡Eco!
CHICHO.—Murió también.
Pausa prolongada.
NONA.—¿Qué yiorno e oyi?
CHICHO.—Viernes.
NONA.—Viernes... ¡Pucherito! Ponele bastante garbanzo, ¿eh? ¿Compraste mostaza? Tenés que hacer el escabeche, que se acabó... E dopo un postrecito... Flan casero con dulce de leche...
A medida que la Nona habla Chicho se levanta y, como un zombie, retrocede hacia su pieza y se tira en la cama.
NONA.—Domani podé hacer un asadito... Con bastante moyequita... Y a la doménica, la pasta.
Chicho, en la penumbra de su pieza, se tapa los oídos con las manos.
NONA.—Ma... primo una picadita... un po de salamín... formayo... aceituna... aquise picadito... mortadela... e un po di vin.
Desde la habitación de Chicho llega el sonido de un balazo. La Nona no se inmuta. Saca un pan del bolsillo del vestido y se pone a masticar. Las luces se van cerrando sobre la cara de la Nona, que sigue masticando.
Fin de la obra
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